Qué le ha hecho la industria cosmética a nuestra autoestima

“Hoy tienes mala cara, ¿has descansado bien?” Si eres de esas personas que se maquillan a diario seguramente hayas escuchado decenas de variantes de esa frase los días que no te haya dado tiempo a cubrir tus ojeras o pintarte los labios antes de salir de casa. Tenemos tan interiorizado que la belleza y el maquillaje son sinónimos que -en más ocasiones de las que nos gustaría reconocer- nos miramos en el espejo sin pintar y lo que vemos no nos gusta. Nuestra autoestima depende tanto de la industria cosmética que comentamos con total naturalidad que “vamos a arreglarnos” como si hubiera algo roto en nuestro rostro que solo pudiera ser recompuesto a base de iluminador, lápiz de ojos y barras de labios.

Para comprender de dónde vienen estas inseguridades basta con echar la mirada atrás a nuestra propia biografía. Crecimos aprendiendo a poner guapas a nuestras muñecas y coreando canciones que decían “no me mires, no me mires, déjalo ya. Que hoy no me he puesto el maquillaje y tengo un aspecto demasiado vulgar para que me puedas mirar”. Y el problema fue que acabamos creyéndonos las letras de esos hits musicales.

Por eso, cuando éramos adolescentes nuestra manera de sentirnos bien pasaba por coger a escondidas el maquillaje de nuestras madres con el deseo de parecernos un poco más a esas modelos que aparecían, siempre perfectas e inalcanzables, en las revistas. Y ahora, ya en la edad adulta, observamos con pánico esas pequeñas arrugas que empiezan a salir junto a nuestros ojos cuando nos reímos porque nos hacen sentir que nuestra belleza es frágil y perecedera.

El peso de la publicidad en nuestra autoestima

Llevamos años persiguiendo un ideal de belleza que se ha convertido en una fuente de insatisfacción perpetua. Tal y como se deduce de una investigación realizada por la Universidad del País Vasco, la percepción de que tenemos de nuestra imagen corporal está condicionada principalmente por la publicidad. Desde nuestra infancia recibimos un bombardeo incesante de modelos de belleza inaccesibles que acabamos convirtiendo en referentes a los que aspirar. No en vano, cada día recibimos más de 6.000 impactos publicitarios. Y si nos paramos a hojear las páginas de una revista o a observar la publicidad que aparece en nuestras cuentas de Instagram podremos observar que muchos de estos anuncios están relacionados con la industria cosmética.

De hecho, el sector de la belleza y la higiene fue el quinto en volumen de inversión en 2018 en España, según un estudio de Infoadex. La publicidad y la cosmética son dos industrias poderosas que se retroalimentan entre sí. La publicidad genera vulnerabilidades al difundir un modelo de belleza rígido y muy alejado de la realidad cotidiana de la mayoría de las personas, mientras que la industria cosmética juega a ofrecernos antídotos en forma de cremas anticelulíticas, cápsulas antiarrugas y bases para cubrir imperfecciones. Es una estrategia perfecta en la que ambas salen ganando, en la que las principales perdedoras son las mujeres.

Sesgo de género

Resulta importante remarcar la cuestión de género, porque históricamente la presión sobre la apariencia estética ha recaído fundamentalmente en los hombros femeninos. Y a pesar de los enormes avances que ha experimentado la mujer en el último siglo, la publicidad de cosmética apenas ha variado en este tiempo y todavía sigue haciendo hincapié en que los productos cosméticos la pueden hacer más atractiva y deseable a ojos masculinos. Los estereotipos no han desaparecido, simplemente han cambiado. Antes ellas eran representadas como frágiles y pasivas, reducidas al ámbito doméstico. Ahora somos reflejadas de manera muy sexualizada y excesivamente preocupadas por nuestro aspecto corporal, sin potenciar cualidades como la valentía o la inteligencia. De hecho, aunque el 75% de los anuncios están protagonizados por mujeres, sólo un 6% de ellas aparece ocupando puestos de poder.

Todo ello afecta a cómo las niñas se perciben a sí mismas. Una investigación de la revista ‘Science’ demostró que hasta los seis años las pequeñas se consideraban igual de listas que sus compañeros de aula. Sin embargo, a partir de entonces, su percepción cambiaba y se sentían menos brillantes que ellos. Precisamente, es a esa edad cuando -según los expertos en psicología- los niños y niñas comienzan a ser conscientes de cómo son vistos por los demás. Eso explica que los roles asociados a cada género y reforzados por la publicidad y la cosmética acaben repercutiendo en la autoestima femenina.

Abrazar nuestra belleza

Por ello, es importante que seamos conscientes de las estrategias que se esconden tras las fotografías que admiramos en revistas y en las redes sociales de las influencers son una ficción construida mediante una combinación magistral de maquillaje, juegos de luces y programas de edición fotográfica. Cuando tengas dudas al respecto, recuerda que incluso la súper modelo Cindy Crawford declaró en alguna ocasión "ojalá me pareciera a Crawford" para denunciar los excesivos retoques que sufrían las fotografías que le tomaban. 

Para que esta idealización no merme nuestro amor propio es importante que nos esforcemos en desaprender esa idea de que la cosmética es una herramienta para tapar nuestros defectos. En Saigu Cosmetics queremos que, si decidimos maquillarnos, lo hagamos como una forma de celebrar esa belleza imperfecta, diversa y única que posee cada persona. Y eso pasa por aprender a mirarnos con ternura, independientemente de las capas de cosméticos que cubran nuestra cara. Es una batalla dura, pero que merece la pena. Solo entonces podremos desdecir las canciones de Mecano y comprender que no existe mejor tratamiento de belleza que tener una buena autoestima.

 

 

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